lunes, 16 de noviembre de 2009

Una furia rara


Truffaut dejó su vida en imágenes. La vida era la pantalla, derramó sus vivencias, sus ilusiones y desesperanzas. Una audacia que puede ser vista como su forma personal de curarse de todos esos traumas que desde niño lo persiguieron. Antes de la película se encontró con "Jules et Jim" la novela escrita por Henri-Pierre Roché y se enamoró perdidamente de la historia. Un triángulo amoroso entre un alemán (Jules), un francés (Jim) y una chica elevada a la categoría de diosa mística (Catherine), dificilmente una formula fácil de tragar para una sociedad todavía intolerante y conservadora.

Invadida por una especie de fiebre de felicidad, se trata de un filme de movimientos violentos y a la vez tiernos, de comentarios insperados y cortos que al ser analizados descubren la verdadera intención de los personajes. De miradas y de dejar que las cosas caigan por su propio peso.

La voz en off, hilo literario y narrador de acontecimientos, marca una estética de espacios sin silencios. Arrima la quietud y trasmite la energía y la fuerza que da la sensación de un cine mudo paisajista, pero nuevo. Este recurso aparece desde el comienzo, en una obertura desconcertante, donde se marca el cuadro ficcional con pedazos del inicio de la amistad entre Jules y Jim. Con encuadres de poca duración los vemos en constante actividad y la voz enunciativa nos va mostrando lo que daría pie al resto del argumento: la confianza de Jim y los fracasos amorosos de Jules, dos que se encontraron, una dupla inseparable.

La relación entre Catherine y el dibujo de mujer se perfecciona desde el momento en que ella baja las escaleras. Truffaut lo hace obvio: una imagen contra una pared y un dialogo que nos habla de la escultura. La cámara la mira desde todos los ángulos con planos fijos alrededor de su rostro como si se trataran de imágenes mentales, se detiene la historia para dar una explicación. Se ha creado un fantasma, una ilusión que se hace viva en Catherine.

No encontramos en "Jules et Jim" la reconstrucción y discontinuidad narrativa de Godard; sin embargo, se rompe ocasionalmente el orden del tiempo. Cuando Catherine se para frente a ellos durante el juego de ajedrez y les cuenta de como antes sólo hacía caras molestas. En el segundo exacto en el que hace la expresión con su rostro el encuadre se congela, pero escuchamos sus risas. Un error de continuidad adrede que constituye un fragmento de la escena logrado a la perfección y que sin duda pone la marca de la nueva ola.

El film es arrastrado a la realidad, Jules y Jim partieron a luchar en frentes contrarios y el ménage à trois se ve disuelto momentáneamente para regresar de forma esplícita cuando los tres personajes conviven y los amores se confunden. Se enlaza la ficción y el documental, el relato se mueve rápido, pero en un tiempo que se siente dilatado.

La cámara se libera del trípode cuando es necesario y nos muestra la intimidad de las relaciones. Nos hace participar de lo que está pasando, de su felicidad y no se nos esconde nada. A medida que el relato avanza la turbulencia del tiempo presente se va amarrando a una idea de tiempo pasado. Entendemos la pasividad de Jules y las ansias por el cambio de Catherine. Perdonamos la situación y la nueva pareja, pero se comienza a percibir una historia que ya ha sido contada, que ya terminó.

La genialidad del filme reside en su capacidad de seducción. El argumento del relato está construido para alamarnos, lo que sucede aquí no es normal y sin embargo no logra incomodar. El primero en enamorarse es Jules, Catherine lo recibe como si lo suyo estuviera predispuesto y Jim le envía un beso invisible al observarla hundirse en el Sena: un amor extraño que nunca se rompe.

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