
Camina por su casa mientras escucha la televisión. Nada le impide dejar de escuchar la voz narradora del noticiero. Para el jefe de una típica familia afgana tener una hija periodista es un asunto difícil de tragar. Anese sabe que su trabajo no honra a su padre y aparecer en la pantalla significaría hundir aún más la herida. No quiere retroceder, pero si le preguntan confiesa evocando su religión: "Soy musulmana y debo obedecerle."
A menudo piensa en sus colegas asesinadas, el solo hecho de ser mujer en Kabúl puede sentenciarte a muerte. No teme a las posibilidades del peligro que su profesión encierra, lo que la mueve es un sentimiento más fuerte. Desde el pequeño espacio que los límites de su sociedad le trazan, se mueve sigilosa y denuncia la condición de lo que llama “el elemento secundario”.
La entrevista la ha puesto nerviosa, pero no puedo contener las ganas de describir lo que ha visto. Su trabajo en Tolo, el canal más importante del país, le ha demostrado que la situación de las mujeres no ha cambiado. Alejarse de la ciudad sería exponerse a la violencia de un machismo a ultranza.
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