
Karen Llantoy se despertaba asustada todas las mañanas. Sentada al pie de su cama ponían las manos en su vientre esperando a sentir el mínimo movimiento. Su embarazo no era normal, a sus diecisiete años llevaba dentro a un bebe destinado a morir. Producto de una malformación su hija crecía sin cerebro y ningún tratamiento médico podía salvarla. Rogó por ayuda, pero el conservadurismo del Estado peruano la sentenció a un calvario. El aborto terapéutico le fue prohibido.
“No sentía ganas de vivir y mis días eran absolutamente nublados en todo aspecto. No sé cómo he logrado salir de todo eso.” Cinco años después Karen reflexiona sobre el episodio más traumático de su vida. Lejos del país tiene la confianza de que la publicación de su experiencia remecerá los cimientos del Código penal y los 370.000 abortos que se producen al año dejarán de ser clandestinos.
El caso ha regresado a la ONU y el plazo para indemnizar a la víctima ya está vencido. La despenalización del aborto por violación y malformaciones congénitas aparece como la única opción para salir del problema. La ciudad está plagada de historias de perforaciones hechas en casa y los ojos acuciosos de nuestra sociedad conservadora no pueden detenerlas. La desinformación sobre los cuidados de la vida sexual es una realidad que deja una marca en las escuelas y las ideas claras que lleven a decisiones inteligentes no llegan. Es probable que la resonancia de este caso en particular sacuda a las altas instancias, pero sus verdaderas consecuencias están aún por verse.
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