miércoles, 18 de noviembre de 2009

Mi chico invisible




Hierro 3 (2004) es un relato contado a la perfección con una continuidad clarísima que deja entender todos los símbolos y desarma las estructuras de nuestros esquemas pasionales. Lo primero que salta a la vista es el uso de una estética minimalista que no se pierde en ningún momento y que envuelve con gracia todas las escenas. Una suerte de minimalismo que ayuda a mantener un solo sentir, de parsimonia y dilatación.

Kim ki duk es dueño de una visión de vanguardia manejada con inteligencia. Ha sabido como extender su producción hacia un ámbito más comercial, creando películas transparentes y digeribles. Aborda historias mínimas que rebuscan en nuestros sentimientos, se interesa por la marginalidad de algunos y muestra la tradición que aun existe en su sociedad.

Tae-suk es un chico que reparte pequeños avisos publicitarios de casa en casa y que de vez en cuando decide quedarse en alguna de ellas para dormir. Se moviliza en una moto que parece ser su única pertenencia, los papeles que pega en las puertas le permiten saber que casa está vacía y sin pensarlo dos veces saca su kit de herramientas para entrar y usarla como si fuera suya. Todo cambia al cruzar la puerta de Sun-hwa.

Se han encontrado dos almas gemelas y el poder del contacto es mágico. Después de ser descubierto y huir avergonzado Tae-suk regresa por ella para tender con ternura su ropa rosada en el piso. El desarrollo es dueño de una lentitud que no incomoda. No se necesitan palabras para narrar esta historia y así permanece callada por un largo tiempo. Los personajes que vemos se comunican intersubjetivamente, comprenden cada una de sus intenciones y nosotros también.

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