
Toneladas de cemento, metal y explosivos aseguran que Abimael Gúzman, el sujeto más temido en nuestro imaginario colectivo, no se va a deshacer de su cadena perpétua. El símbolo terrorista ha cambiado su lucha y mientras agota sus últimos recursos para reencontrarse con su novia, del otro lado del país una mutación de su revolución sobrevive. Hoy dos cuerpos fueron sepultados. El mayor Jorge Sánchez y el técnico Carlos Caicedo han sido asesinados en el VRAE y todo apunta a un nuevo ataque narcoterrorista.
Una zona impenetrable resguardada por la espesura de la selva esconde lo que se convertirá en la producción de coca más activa del planeta. La falta de planeamiento y la confusión frente a la complejidad del asunto llevan a nuestros soldados a una muerte infalible. Coleccionamos héroes y el narcotráfico sigue ganando territorio, aumentando su poder y estableciendo alianzas peligrosas con personajes enmascarados detrás de un discurso podrido.
Hace mucho tiempo que la ideología responsable de articular lo que fue la peor de las guerras peruanas dejó de tener vigencia. Sin embargo, la violencia permanece y aumenta frente a los ojos cerrados de un Estado aterrado, aparentemente incapaz de protegernos.
Una guerra popular desfasada, unos fieles de antaño que han cambiado de oficio para entregarse a otra lucha armada. Lo que ocurra en los próximos días y meses será decisivo para desmentir o corroborar el panorama que se plantea. Las decisiones eficaces son básicas para un cambio, pero se anulan cuando nuestros líderes sin cabeza se escapan con miedo por la puerta falsa.
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