
Con Lafarge Chile en los bolsillos, Mario y Pedro Brescia hacían su salida triunfal de la Casa de la Moneda, después de recibir una pomposa felicitación por haberles arrebatado su más poderosa cementera. El costo de la hazaña: 555 millones de dólares.
Semejante golpe al ego mapuche solo pudo ser llevado a cabo por el grupo empresarial más importante del país. Estoy empresarios caminan sigilosos por el sendero del éxito con 40 empresas en la espalda que van desde el sector químico hasta en de construcción. Precisamente en este último los Brescia han marcado la pauta, al remecer los cimientos limeños con la construcción del edificio más alto de la ciudad.
Los 100 millones de dólares invertidos en el negocio aseguran que la inauguración del hotel Westin, primero de América Latina, significará un paso adelante en nuestra oferta turística, duramente golpeada por la crisis mundial. Son este tipo de decisiones, a primera vista arriesgadas, las que han construido el imperio comercial de esta familia de inmigrantes italianos.
Hace pasado 50 años desde que Fortunato Brescia desembarcó en tierras peruanas y sentó los fundamentos de lo que hoy es un monstruo en el mercado latinoamericano. Los hermanos herederos del legado no se apuraron en cruzar las fronteras, pero el tiempo se hizo propicio y hoy dan pie de guerra, con cautela, al avance comercial chileno en el país.
El avance con prudencia que siempre los ha caracterizado ha permitido que echen raíces en territorio vecino, una prueba más de que el éxito nace de un compromiso con los propios valores.
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