
Esa noche de 1897 Chejov lo esperó elegantemente. Una larga conversación se predecía en L´Ermitage de Moscú, pero el viento del invierno parecía anticipar lo que iba a ocurrir. Alexei Suvorin era su confidente ocasional, la amistad se conservaba a pesar de la radical oposición de sus ideologías. Una violenta hemorragia lo llevó al suelo. Entre las mesas vestidas del restaurante el escritor botaba sangre por la boca y su traslado a una clínica fue inminente. Tres días después Chejov se disculpaba, reía recordando el “escándalo” que le hizo pasar.
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